lunes, 10 de agosto de 2015

Historia.-6-

Se ha hablado de las raíces celtas de Castilla y del castellano; otros historiadores y lingüísticas dicen que que estas raíces son vascas... ¿Qué hay de cierto en todo esto?

El castellano es una lengua que surgió en la reconquista. Su origen se encuentra en el habla de los vascos romanizados de Cantabria, norte de la provincia de Burgos, franja occidental de Álava colindante con la provincia de Burgos y los habitantes de la comarca vizcaína de las Encartaciones. Estas tierras en la época romana estaban habitadas por la tribu vasca más occidental, los autrigones. Su cercanía con la meseta, que desde épocas neolíticas fue foco cultural de las nuevas técnicas y costumbres del Neolítico, haría en este caso que se irradiara el latín y la cultura romana con más fuerza. De la romanización de los autrigones, por tanto, surgiría el actual pueblo de Castilla y su lengua, el castellano.

La primera manifestación escrita de la lengua castellana son los cartularios del Monasterio de Santa María de Valpuesta (Burgos), estos textos están datados desde el año 804 hasta el 1200. Son manuscritos que se hicieron como copias de las escrituras originales de documentos del archivo de la corona, localidades, obispados, monasterios, iglesias o personas privadas en relación a títulos de propiedad, privilegios, derechos o documentos de diferente índole. Siendo utilizadas estas copias en el caso de que las originales se perdieran, para que de esta forma las diferentes instituciones o personas privadas pudieran acreditar sus derechos.
En estos primeros textos escritos en latín aparecen ya ciertas palabras con sonidos claramente del romance castellano; pero hasta el año 1200 no se podrá encontrar un texto escrito totalmente en lengua castellana.

En estos manuscritos, al igual que en los de San Millán de la Cogolla, primera manifestación del romance aragonés, aparecen términos vascos. La presencia de nombres vascos es abundante: Anderkina ("pequeña señora"), Enneco ("mi pequeño", del que derivaría el nombre castellano Íñigo), Ozoa ("el lobo", del que derivaría el apellido castellano Ochoa)...

Se utiliza el vasco en expresiones: mie ennaia ("mi hermano"). Palabras de parentesco: eita ("padre"), ama ("madre"), ennaia ("hermano"), amunnu ("abuela")... Palabras de respeto como Anderazu ("anciana señora" con el significado de "doña") que la veremos también, posteriormente, en los textos riojanos del siglo XI. Así como topónimos vascos de la zona como Margalluli, Yrola,Zopillozi...

Es curioso comprobar que diez siglos después, en las zonas del País Vasco donde la cultura vasca ha sido asimilada gradualmente por la castellana, se repiten expresiones similares a las de la Castilla inicial: mi aita ("mi padre"), mi ama ("mi madre")...

Con la expansión hacia el este de los asturianos e incorporación de lo que posteriormente sería Castilla al Reino de Asturias, muchos colonos asturianos se asentaron en las nuevas tierras conquistadas al este de Cantabria y norte de Burgos reforzando la latinización de la zona. El hecho de que las primeras manifestaciones del castellano sean muy similares a la lengua astur-leonesa y que los nombres y apellidos castellanos más castizos sean de origen vasco, hace pensar a algunos historiadores que la romanización de la zona, antes de la llegada de los colonos asturianos, era muy escasa y que el copista que realizó las primeras inscripciones posiblemente no fuera castellano sino asturiano. Hay que tener en cuenta que todavía en el siglo XI se hablaba vasco en todo el noreste de la actual provincia de Burgos, hasta el río Arlanzón, a las puertas de Burgos capital, siendo esta una zona habitada por vascos desde épocas prerromanas. En el siglo V vemos como es utilizado por los visigodos el castillo de Tedeja de la localidad burgalesa de Trespaderne como avanzadilla visigoda en territorio vascón.

Este romance castellano inicial de los cartularios era muy similar al actual dialecto oriental de la lengua astur-leonesa hablado en la comarca cántabra de Liébana (por ejemplo pluralizaba el femenino en -es [Salines] como en el astur-leonés; en vez de en -as [Salinas] como actualmente). El dialecto oriental del astur-leonés posee una fuerte influencia fonética éuscara que se caracteriza por la pérdida casi total de las efes iniciales al comienzo de la palabra y conversión de éstas en hache aspirada, dado que en el euskara no existió hasta la Edad Media el sonido / f /; mientras que por el contrario existía una fuerte aspiración al comienzo de las palabras, lo que causó esa evolución fonética. Esta misma evolución se puede encontrar también en el dialecto gascón del occitano que surgió de la romanización de la población de habla vasca de Aquitania.

Para explicar este sustrato vasco del astur-leonés oriental hablado en Cantabria y este de Asturias existen tres teorías. La primera que considera que lenguas de tipo vasco eran habladas en toda la mitad norte peninsular desde épocas prehistóricas. La segunda, que las tribus cántabra y astur que se consideran comunmente como tribus celtas no eran celtas sino vascas. Y por último la que considera que este sustrato es fruto de la recolonización autrigona de las tierras de cántabros y astures posterior a su conquista por Roma.

Astur-leonés: Falar – Facer
Cántabro: Jalar - Jacir
Español: Hablar – Hacer

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Latín: Fundus – Fornitura
Euskara: Hondo – Hornidura
Español: Fondo - Abastecimiento

En la reconquista Burgos se convirtió en punto de encuentro tanto de hablantes de astur-leonés como de aragonés, lo que incidió en la evolución de su romance. Al avanzar hacia el sur el burgalés se fundió con el romance hablado por los mozárabes dando forma al actual castellano, lo que conllevó la introducción de gran cantidad de arabismos en el habla y la recuperación en muchas palabras de la efe inicial latina (hebrero>febrero; Hernando>Fernando; hondo>fondo...).

El sustrato fonético éuscaro (en el que no existen los diptongos ascendentes /je/ y /we/) ocasionó en el castellano la reducción de la fuerte diptongación en las antiguas vocales "e" y "o" latinas acentuadas existente en los romances centrales de la península (astur-leonés y aragonés).

Astur-leonés: Güey – Yera
Español: Hoy – Era

Dotar al español de cinco vocales sin distinción de grados ( /i/, /e/, /a/, /o/ y /u/). Convirtiéndola así en la única lengua latina con sólo cinco vocales.

La no existencia del fonema /v/ fricativo labiodental sonoro en la fonética española, propio de las lenguas que se hablan donde antiguamente se extendió la civilización franco-cantábrica (gallego, astur-leonés, castellano, aragonés, gascón, catalán [exceptuando el valenciano] y occitano), es otro de los rasgos del sustrato vasco. Este fonema existió en el castellano antiguo; aunque no en las zonas de Burgos, Cantabria y La Rioja cuya pronunciación de la /v/ como /b/, con el paso del tiempo, se generalizó en todos los hablantes del español al ser tomado el burgalés como lengua castellana estándar.

En la fonética castellana hay dos fonemas vibrantes: el simple /r/ y el múltiple /rr/ que se oponen en posición intervocálica: /káro/ y /kárro/; /móro/ y /mórro/. En posición inicial sólo puede existir la vibrante múltiple. Esta distribución opositiva tiene su origen en el sustrato vasco y es propia también de los territorios que abarcaba la antigua civilización franco-cantábrica. La fonética vasca necesita de una vocal epentética en inicio de palabra ( /a/ ó /e/ ) para poder pronunciar /rr/.

Latín: Rationis – Romanicus
Euskara: Arrazoi – Erromaniko
Español: Razón - Románico

Esta característica fue propia también del castellano antiguo surgiendo dobletes léxicos que han estado conviviendo en el habla castellana sin epéntesis y con epéntesis: ruga/arruga, repentir/arrepentir, rancar/arrancar, rebatar/arrebatar.

Los vasquismos son abundantes en el léxico del español. Los siguientes apellidos, por ejemplo, son de origen vasco. Si bien eran muy comunes en la Edad Media como nombres de pila; actualmente se los conoce más como apellidos:

Aznar ( Aznar [asnár]; proveniente del vasco medieval Azenari [asenári; "zorro"] también documentado como Azeari [aseári; "zorro"] que a su vez descienden del término latino asinarius ["asno"] )

García ( Gartzia [gartsía]; proveniente del vasco oriental Gartzea [gartsé-a; "el joven", "el infante "] equivalente al vasco occidental gazte(a) )

Íñigo ( Eneko [enéko; "mi pequeño [hijo]", proveniente de Ene [mi] + ko [diminutivo] ] )

Jimeno ( Xemeno [sheméno;"pequeño hijo", proveniente de Xeme [diminutivo de Seme [séme; hijo] ] + no [ diminutivo] ] )

Lope ( proveniente del latín medieval Lupo y a su vez romanización del nombre vasco Otsoa [ ochóa; "el lobo" ], conservado este último también en castellano como apellido [ Ochoa ] )

Sancho ( Antso (áncho); proveniente del latín sanctius, "santo". Un nombre que, aunque no tenga origen vasco, fue popularizado en Vasconia y comenzado a utilizar en otras tierras fuera del ámbito vasco )

Velasco/Belasco/Blasco ( proveniente del vasco Belasko "pequeño Bela", proveniente a su vez de Bela [ adaptación fonética vasca del nombre visigodo Vigila ] + (s)ko [ diminutivo ] )

Urraco ( Urrako [ urráko; "pequeño Áureo"]; proveniente de Urre [ oro, Áureo ] + ko [ diminutivo ] ). Si bien este nombre es conocido más por su modalidad femenina, Urraka, que fue nombre de reinas de Navarra, condesas de Gascuña o reinas de Castilla.

La influencia latina introdujo la moda en la lengua vasca de que un nombre tuviera tanto su forma masculina como femenina, algo que no existía anteriormente en el euskara. Esta feminización de los nombres se conseguía sustituyendo la -o final, que en euskara no alude al genero masculino (no existe género gramatical en las palabras), por una -a. De esta forma surgirían, por ejemplo, los nombres: Urrako/Urraka, Eneko/Eneka, Xemeno/Xemena oBelasko/Belaska. Los castellanos, al ser vascos romanizados, seguirían utilizando estos nombres convirtiéndolos en Urraca, Íñiga, Jimena o Velasca.

La formación de los patronímicos castellanos tiene también origen vasco. En español no se dice Fernandes como en portugués (sufijo -es) sino Hernández (forma castellana más castiza) o Fernández (sufijo -ez), dado que en euskara este tipo de construcción se realiza con el sufijo -itz (proveniente del genitivo latino -is), que adaptado al castellano se convierte inicialmente en -iz, y al avanzar hacia el sur en la reconquista se convierte finalmente en -ez.

Del nombre vasco Orti (Fortún), por ejemplo, surge el patronímico Ortitz (ortíts; Fortúnez), patronímico que también adquirió el castellano con la forma de Ortiz. El castellano obtuvo, por tanto, este tipo de construcción directamente del euskara; y no del latín como ocurre en el caso del portugués (Fernandes) o del dialecto valenciano del catalán (Ferrandis).

La adaptación latina de la construcción vasca de los patronímicos en -iz se popularizaron a lo largo del siglo XI en todo el tercio norte peninsular, debido al prestigio de la monarquía pamplonesa que gobernó en esta época desde Galicia hasta el Mediterráneo catalán, razón por la cual es común localizar, incluso en Galicia, restos de esta construcción de los apellidos en su toponimia.

El riojano Gonzalo de Berceo (siglo XIII), uno de los primeros escritores en lengua española utilizaba palabras vascas como bildur "miedo" para hacer referencia al diablo ("Don Bildur"), gabe "sin" o "privado de"; o çatico que viene del vasco zatiko "pedacito".

En La Rioja, en el siglo XI, los tratamientos de respeto son a menudo de origen vasco. Era común utilizar la palabra vasca aita (padre) con sus variantes acha (aparece escrito como agga), eita o echa (escrito como egga) para el término "don" o "señor" castellanos (por ejemplo "Eita Gomiz" es equivalente al actual "Señor Gómez"). Un uso que daría lugar también a topónimos como el de Chamartín ("Don Martín" ) o el de Chavela("Don Vela").

La forma femenina riojana de eita es anderazo o anderazu (doña o señora) proveniente del vasco andere (señora) + atzo ("anciana" en euskara medieval, actualmente se dice atso); como, por ejemplo, Anderazo de Fortes (Señora de Fuertes) o Anderazo de Clementi (Señora de Clemente) atestiguadas en los textos.
Otras palabras de origen vasco que podemos encontrar en los textos riojanos son: annaya (equivalente al anaia vasco [el hermano]), ama (madre), amunna (amuña; equivalente al amuña del euskara occidental [abuela]) o eigiga (eichicha; equivalente al aitita del euskara occidental [abuelo]).

La palabras vascas se utilizaron como título de respeto o de amor y desde allí pasaron a convertirse en nombres propios (Annaia Ferrero) o incluso patronímicos (Garcia Annaiaz). Eran comunes sobrenombres como Minaya ("mi hermano"; este término se encuentra en el "Poema de Mío Cid", siendo la forma que utilizaba el Cid para dirigirse a su pariente, Álvar Fáñez) o Miegga (miecha; "mi padre"); o mezclas de nombre vasco (Andre, "señora") y romance o godo (Goto) que dan lugar a uno nuevo como por ejemplo Andregoto, un nombre que fue común tanto en La Rioja como en Aragón, así como en el resto de zonas de habla vasca de la época.

En lengua castellana existen otros préstamos vascos que hacen referencia a prendas de vestir como: abarca, boina, chistera, chamarra o zamarra. Léxico agrícola: cencerro, laya o narria. Nombres de animales, minerales y plantas como: chaparro, garrapata, pizarra, sabandija, sapo o zumaya. Otros ejemplos de términos de origen vasco: alud, aquelarre, ascua, azcona, baldarra, chabola, charro, chatarra, chirimbolo, gabarra, izquierda, mochila, nava, órdago, socarrar o zurrón.

Imagen anexa: arca de las reliquias del Monasterio de Yuso de San Millán de la Cogolla (La Rioja, España).

Más artículos sobre la historia del País Vasco y del euskara en el siguiente enlace:

[ ::: www.facebook.com/kondaira.net ::: ]              Angel Varela Garcia.

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Gaztela 
 

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